martes, 16 de julio de 2019

III. FRUCTÍFEROS EN EL ESPÍRITU: 26. CONFIANZA.


No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón. (Hebreos 10: 35).

El apóstol Juan escribe: "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho" (1 Juan 5: 14, 15).  

Transmitámosle a la gente estas promesas para que sus conceptos se amplíen y su fe crezca. Deberíamos instarla a pedir las riquezas de su gracia con insistencia, y a esperar sin dudar, ya que por intermedio de Jesús podemos entrar a la cámara de audiencias del lugar santísimo.  Gracias a sus méritos tenemos acceso al Padre por intermedio del Espíritu.

¡Oh, que podamos tener una experiencia más profunda en la oración! Aproximémonos a Dios con toda confianza sabiendo que contamos con la presencia y el poder de su Santo Espíritu. Al confesar nuestros pecados, en el momento que lo solicitemos, podemos tener la certeza del perdón de nuestras transgresiones basados únicamente en su promesa. Necesitamos ejercer fe, y expresar la verdad con ahínco y humildad. Sin embargo, desprovistos del Espíritu Santo nunca podremos hacerlo. 

 Por eso, negando al yo y dejando de cultivar la exaltación propia, con toda sencillez deberíamos buscar al Señor para solicitar el Espíritu Santo, así como un niño pide pan a sus padres.
Debemos hacer la parte que nos corresponde: aceptar a Cristo como nuestro Salvador personal.  Al permanecer bajo la cruz del Calvario podremos "mirar para vivir".  

Dios apartó a sus hijos para sí mismo, y, en la medida que se relacionen con él, recibirán poder para prevalecer. 

Por nosotros mismos nada podemos hacer. Pero, por intermedio de su Santo Espíritu, se imparten al creyente la vida y la luz para que pueda llenarse de un deseo vehemente y sincero de Dios y de su santidad.  Gracias a que el Dios del cielo nos ama, vistiéndonos de su justicia, Cristo nos conduce al trono de la misericordia. Seríamos ciegos y tercos al dudar de que su corazón está de nuestra parte.  Mientras el Intercesor, Jesús, aboga en el cielo en nuestro favor, el Espíritu Santo actúa en nosotros así el querer como el hacer por medio de su buena voluntad. Todo el cielo está interesado en la salvación del creyente. Entonces, ¿qué razones tenemos para dudar de que el Señor desea ayudarnos? 
Signs of the Times, 3 de octubre de 1892. 97

lunes, 15 de julio de 2019

III. FRUCTÍFEROS EN EL ESPÍRITU: 25. OBEDIENCIA.



Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera 
de vivir (1 Pedro 1: 14, 15).

¿Qué es lo que Dios exige?  Perfección, y nada menos que perfección.  Pero, si fuéramos perfectos, no deberíamos confiar en nosotros mismos.  Diariamente tenemos que entender y recordar que no podemos apoyarnos en el yo.  Necesitamos aferramos a las promesas de Dios con una fe vigorosa.  Con una cabal comprensión de nuestra impotencia debemos pedir el Espíritu Santo.  Entonces, cuando el Espíritu actúe no nos atribuyamos la gloria a nosotros mismos.  Este Agente divino gratuitamente cuidará de nuestro corazón con el fin de exponerlo a los brillantes rayos del Sol de Justicia.  Por intermedio de la fe seremos guardados por el poder de Dios.

Cuando estemos diariamente bajo el control de su Espíritu, seremos el pueblo que guarda los mandamientos.  Podremos mostrar al mundo que la obediencia a las órdenes divinas tiene su recompensa ahora, y en la bendita vida futura.  A pesar de nuestra profesión de fe, el Señor, que pesa nuestras acciones, nos ve como una imperfecta representación de Cristo.  Nos dice que semejante situación no nos permite glorificarlo a él.

Entregar todo el ser a Dios es más que un simple compromiso.  Significa que debemos vivir y andar por la fe, sin ánimo de confiar ni de glorificar nuestro propio yo, sino mirando a Jesús, nuestro Abogado, Autor y Consumador de la fe.  El Espíritu Santo desea obrar en el corazón del contrito, pero nunca podrá hacer algo en los que se consideran importantes y justos.  En su propia sabiduría piensan que podrían reformarse a sí mismos.  El Espíritu de Dios puede obrar únicamente si el yo no se interpone.

¿En qué reside nuestra dependencia? ¿Dónde está nuestra ayuda?  La Palabra de Dios nos dice: "Más el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Juan 14: 26). 

El Espíritu Santo está listo para cooperar con el que está dispuesto a recibirlo y a ser enseñado por él.  Todo los que se apoyan en la verdad y son santificados por intermedio de ella, están unidos a Cristo y en condiciones de representarlo en palabra y acción. 
Manuscript Releases, t. 12, pp. 52, 53. RP EGW

III. FRUCTÍFEROS EN EL ESPÍRITU: 24. BELLEZA EXTERIOR.


No tiene temor de la nieve por su familia, porque toda su familia está vestida de ropas dobles.  Ella hace tapices; de lino fino y púrpura es su vestido. (Proverbios 31: 21-23).

Educar, educar, educar.  
Los padres que recibieron la verdad deben formar sus hábitos y prácticas en armonía con la dirección que Dios ha dado. El Señor desea que todos recordemos que el servicio a Dios es puro y santo. Por lo tanto, los que reciben la verdad deben ser santificados por el Espíritu en temperamento y corazón, en la conversación, en la vestimenta y en el hogar, para que los invisibles ángeles de Dios puedan ministrar a los que serán herederos de la salvación.

Todos los que se unen a la feligresía deberían mostrar las evidencias de la transformación del carácter, que se manifiesta por la reverencia hacia las cosas santas. Todo el ser tiene que estar moldeado conforme al refinamiento de Cristo. Deberían ser lo suficiente humildes para recibir instrucciones en todos los aspectos en que son descuidados, y que pueden y deben cambiar.  Tienen que ejercer una influencia cristiana. Los que no manifiestan cambios en palabras y comportamiento, ni en la vestimenta o en su hogar, están viviendo por su propia cuenta y no en Cristo. No son nuevas criaturas en Cristo Jesús. No gozan de la purificación del corazón y de todo lo que los rodea.

Los cristianos serán juzgados por los frutos que produzca la obra de reforma. Mostrarán el efecto que produjo en ellos cada verdad. El que llega a ser hijo de Dios debe practicar hábitos de orden y limpieza. Por pequeña que sea, cada acción ejerce su influencia. El Señor desea que cada ser humano sea un agente por intermedio del cual Cristo pueda manifestar el Espíritu Santo. No hay razón para que los cristianos sean indiferentes o descuidados con relación a su apariencia exterior.  Deben ser pulcros y estar bien arreglados, pero sin adornos. Interior y exteriormente también deben ser puros. 
Testimonies to Southern África, p. 87. 
RP EGW