Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual
asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos
testigos. (1 Timoteo 6: 12).
En el ejercicio fervoroso y decidido, como fieles soldados y
obedeciendo la orden del Capitán de nuestra salvación, hay gozo genuino, tal
como el que no se puede obtener en ningún otro empleo.
La paz de Cristo estará en el corazón del soldado fiel. Hay descanso
para quien lleva el yugo de Jesús y levanta las cargas de Cristo. Parece una
contradicción decir que no hay descanso, excepto para el que se encuentra en el
servicio continuo y consagrado.
Esto es verdad. La felicidad proviene de un servicio dispuesto y
obediente, donde todos los poderes de nuestro ser se mueven en una feliz,
saludable y armoniosa acción en obediencia a las órdenes de nuestro Capitán.
Cuanto mayor sea la responsabilidad asignada a los soldados de Cristo, más se
gozará en el amor del Salvador y su aprobación. El creyente encuentra libertad
en la realización de las tareas más pesadas y más difíciles.
Cumplir con las tareas de un soldado significa esfuerzo. No siempre
será el trabajo que nosotros, como milicias de Jesús, elegiríamos. Soportaremos
incomodidades externas, dificultades y pruebas.
Hay una guerra permanente que debe mantenerse contra los males y las
inclinaciones de nuestros propios corazones naturales.
No debemos escoger y seleccionar el trabajo que nos resulta más
agradable; porque somos soldados de Cristo, y bajo su disciplina no podemos
buscar nuestro propio placer. Tenemos que pelear las batallas del Señor con
hombría. Hay enemigos que vencer, los cuales quieren conquistar el control de
todas nuestras facultades.
Nuestra propia voluntad debe morir; sólo Cristo ha de ser obedecido. El
soldado en el ejército del Señor tiene que aprender a soportar dificultades, a
negarse a sí mismo, a tomar su cruz y a seguir a donde su Capitán lo conduzca.
Para La Naturaleza Humana, hay muchas tareas que serán duras de
realizar; dolorosas para la carne y la sangre. Este desafío de someter al yo
requiere un esfuerzo decidido y continuo. Al pelear la buena batalla de la fe
obtendremos preciosas victorias, y estaremos echando mano de la vida eterna. The Youth's Instructor, 22 de diciembre de 1886. 349 RP/EGW/MHP
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