sábado, 6 de junio de 2020

06. “COOPERAR CON EL PODER DIVINO”. VI. DIRIGIDOS POR EL ESPÍRITU.


Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.  
(Hechos 1: 8).
En el plan de rescatar al hombre de las garras del enemigo, Dios determinó no dejar nada por hacer. Después de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo fue dado al creyente con el propósito de apoyar a todos los que decidan cooperar con él en la obra de reorientar y transformar el carácter del hombre. El Espíritu Santo también participa en esta tarea.

El Salvador dijo: "Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16: 8). El Espíritu Santo es quien convence de culpa y también el que santifica. Siendo que nadie puede arrepentirse de sus pecados a menos que esté convencido de ellos, es indispensable que en nuestro ministerio de rescatar a los perdidos  
permanezcamos unidos al Espíritu.

Será en vano el ejercicio de todas nuestras habilidades humanas si no trabajamos mancomunadamente con las inteligencias divinas.  Es por la falta de conocimiento acerca de la verdad vitalizadora, y de las corruptoras influencias del error, como el hombre llega a caer tan profundo en la degradación pecaminosa.

Los ángeles y los creyentes deben trabajar en armonía al enseñar la verdad de Dios a los que aún la desconocen, para que puedan ser liberados de las ataduras del pecado.
La verdad es la única fuerza capaz de hacer esta obra.  La liberación, que es fruto del conocimiento de la verdad, debe ser proclamada a toda criatura. Jesucristo, Dios mismo y los ángeles del cielo están interesados en este ministerio grande y sagrado.
A los siervos de Omnipotente se les ha concedido el exaltado privilegio de manifestar el carácter divino mediante el compromiso desinteresado en el esfuerzo por rescatar a los pecadores del abismo de la ruina a la cual han sido arrastrados.

Cada ser humano que desea someterse, será iluminado por el Espíritu Santo para poder participar en la realización del proyecto divinamente concebido.  Cristo es la cabeza de su iglesia y ella lo glorificará en la medida de que cada uno de sus integrantes participe en la operación de rescatar a los perdidos.

Es por esto que los colaboradores humanos necesitan darle más lugar a la obra del Espíritu Santo a fin de poder trabajar más unidos, y así avanzar con la fortaleza que hay; en un cuerpo unido de soldados.  Todos tenemos que recordar que "hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres" (1 Cor. 4: 9).
Australasian Union Conference Record, 1º de abril de 1898. 169 RP/EGW

viernes, 5 de junio de 2020

05. “TESTIGOS DE LA CRUZ”. VI. DIRIGIDOS POR EL ESPÍRITU.


Y vosotros sois testigos de estas cosas. 
He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; 
pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, 
hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. 
(Lucas 24: 48, 49).
Después del derramamiento del Espíritu Santo, e investidos con la armadura divina, 
los discípulos salieron con el propósito de testificar acerca de las maravillosas historias 
del pesebre y de la cruz. Aunque sencillos, estos hombres llevaron la verdad.  
Después de la muerte del Señor, el grupo se sintió desamparado, 
frustrado y desanimado; como ovejas sin pastor.
Sin embargo, ahora salieron a testificar de la verdad sin más armamento que la Palabra 
y el Espíritu de Dios que les dieron el poder para vencer toda oposición. 
El Salvador había sido rechazado, condenado y clavado a una cruz ignominiosa. 
 Los sacerdotes judíos y las autoridades habían declarado con desdén: 
"A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, 
descienda ahora de la cruz y creeremos en él" (Mat. 27: 42).
Sin embargo, aunque la cruz fue un instrumento de tortura y vergüenza, 
llegó a ser símbolo de esperanza y salvación para el mundo.
Los creyentes fueron reanimados; la desesperanza y la sensación de desamparo los abandonó.  Entonces, y en virtud de que ahora estaban unidos por los lazos del amor de Cristo, el carácter les fue transformado.  Desprovistos de riquezas, y aunque por la manera de expresarse, los demás los consideraban como pescadores ignorantes, en virtud de la obra del Espíritu Santo llegaron a ser poderosos testigos de Cristo.
Sin honras terrenas o reconocimiento social, fueron héroes de la fe.  
De sus labios brotaron elocuentes palabras divinas que estremecieron al mundo.
Los capítulos tercero, cuarto y quinto de Hechos registran los detalles de su testificación. Los que rechazaron y crucificaron al Salvador esperaban que los desanimados y cabizbajos discípulos volvieran las espaldas al Señor.
Sin embargo, atónitos tuvieron que escuchar el audaz testimonio 
que ellos dieron con el poder del Espíritu Santo.
Las palabras y obras de los apóstoles representaron tan bien las expresiones y el ministerio de su Maestro, que los demás no pudieron menos que reconocer que hablaban en forma semejante a Cristo como resultado de haber aprendido de él.
"Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, 
y abundante gracia era sobre todos ellos" (Hech. 4: 33).
EGW 1888 Materials, p. 1543. 168 RP/EGW

jueves, 4 de junio de 2020

04. “EMBAJADORES DE CRISTO”. VI. DIRIGIDOS POR EL ESPÍRITU.


Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.
(2 Corintios 5: 20).

Somos embajadores de Cristo y no debemos vivir para salvar nuestra reputación, sino para salvar a los que perecen. Debiéramos esforzamos diariamente para mostrarles que pueden alcanzar la verdad y la justicia.
En lugar de ganarnos la simpatía de los demás causando la impresión de que no somos apreciados, debemos olvidarnos enteramente de nuestro yo; y si fallamos en lograr esto, a causa de la falta de discernimiento espiritual y de piedad vital, Dios requerirá de nuestras manos la vida de las personas por quienes debiéramos haber trabajado.

Ha hecho provisión para que cada obrero que esté a su servicio pueda recibir gracia y sabiduría, a fin de llegar a ser una epístola viviente, conocida y leída por todos los hombres.

Por medio del acto de velar y la oración podemos cumplir lo que el Señor se propone que realicemos.  Mediante el cumplimiento fiel y cuidadoso de nuestro deber, velando por los otros como quienes tienen que rendir cuenta, podemos eliminar las piedras de tropiezo del camino de los demás.  Mediante sinceras advertencias e instancias, con nuestras propias mentes llenas de tierna solicitud por los que están a punto de perecer, podemos ganar conversos para Cristo.

Quisiera que todos mis hermanos y hermanas recordasen que es un asunto muy serio contristar al Espíritu Santo, y él, es contristado cuando el instrumento humano procura trabajar por sí mismo y rehúsa ponerse al servicio del Señor, porque la cruz es demasiado pesada o la abnegación que debe manifestar es demasiado grande.

El Espíritu Santo procura morar en cada creyente.  Si se le da la bienvenida como un huésped de honor, quienes lo reciban serán hechos completos en Cristo.  La buena obra comenzada se terminará; los pensamientos santificados, los afectos celestiales y las acciones como las de Cristo ocuparán el lugar de los sentimientos impuros, los pensamientos perversos y los actos rebeldes.

El Espíritu Santo es un Maestro divino.  Si obedecemos sus lecciones, nos haremos sabios para salvación.  Pero necesitamos proteger adecuadamente nuestros corazones, porque con demasiada frecuencia olvidamos las instrucciones celestiales que hemos recibido y procuramos seguir las inclinaciones naturales de nuestras mentes no consagradas.

Cada uno debe pelear su propia batalla contra el yo.  Aceptad las enseñanzas del Espíritu Santo.  Si lo hacéis, esas enseñanzas serán repetidas vez tras vez hasta que las impresiones sean claras como si hubieran sido "grabadas en la roca para siempre".
Consejos sobre la salud, pp. 561, 562. 167 RP/EGW