jueves, 23 de mayo de 2019

III. FRUCTÍFEROS EN EL ESPÍRITU: 21. GENEROSIDAD.


Que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y 
su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. (2 Corintios 8: 2). 
Venceremos el egoísmo y ejemplificaremos la mente de Cristo únicamente cuando los propósitos cristianos sean conocidos en plenitud, la conciencia sea despertado al deber, y la luz divina deje sus impresiones en el corazón y el carácter. Cuando el Espíritu Santo obre en ellos, arrojarán todas las tendencias codiciosas y los deseos engañosos. Cuando un siervo del Señor es portador de un mensaje para la iglesia, es Dios mismo quien habla al pueblo para despertar su conciencia a fin de que sepa que no le ha entregado un diezmo fiel, y que se equivoca cuando le parece que no es conveniente presentarle sus ofrendas. Utilizan el dinero del Señor con propósitos personales al construir casas, comprar caballos, carruajes y tierras para obtener buenos dividendos, mientras que cada año repiten la misma excusa para abstenerse de dar.

 "¿Robará el hombre a Dios?" (Mal. 3: 8). 
Por supuesto que puede. Al no tener una mente espiritual, muchas veces incurre en este error por falta de discernimiento. En algunas ocasiones, el Señor obra decididamente en el corazón de los que son mundanos y egoístas. Mediante el Espíritu Santo ilumina sus mentes y por su influencia enternece y subyuga su corazón. Inspirados por un sentido de la abundante gracia de Dios, llegan a considerar un deber el promover su causa y construir su reino. Aceptan el consejo: "Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan" (Mat. 6: 20). 

Desean tener parte en el reino de Dios y se comprometen a dar de sus recursos para los proyectos de la causa del Señor. El compromiso no lo hacen con los hombres, sino con Dios, en la presencia de sus santos ángeles, que obran en el corazón de hombres que fueron egoístas y amadores del dinero.
 Review and Herald, 23 de mayo de 1893.  RP EGW

martes, 21 de mayo de 2019

III. FRUCTÍFEROS EN EL ESPÍRITU: 20. AMOR FRATERNAL.


Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, 
prefiriéndoos los unos a los otros. (Romanos 12: 10).

 Cuando el Espíritu Santo inunde las mentes humanas, desaparecerán todas las quejas y las acusaciones mezquinas que ocurren entre los hombres y sus semejantes. Los luminosos rayos del Sol de Justicia brillarán en las cámaras de la mente y el corazón. En nuestro culto a Dios no debe existir distinción entre ricos y pobres, ni entre blancos y negros. Debe eliminarse todo prejuicio. Cuando nos acercamos a Dios, debemos hacerlo como una sola hermandad. 

Somos peregrinos y extranjeros, y vamos en viaje hacia una tierra mejor, a saber, la patria celestial. Allí terminarán para siempre todo orgullo, toda acusación y toda vana ilusión. Se quitará toda máscara y "lo veremos tal como él es" (1 Juan 3: 2). Allí nuestros cantos repetirán el tema inspirador, y tributarán alabanza y agradecimiento a Dios. El Señor Jesús vino a esta tierra a salvar a los hombres y las mujeres de todas las nacionalidades. Murió tanto por la raza de color como por la raza blanca. 

Jesús vino para iluminar a todo el mundo. Al comienzo de su ministerio declaró cuál era su misión: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a predicar el año agradable del Señor" (Luc. 4: 18, 19). 

Los ojos de Dios están sobre todas sus criaturas, él las ama a todas, y no establece diferencia alguna entre el blanco y el negro; la única diferencia consiste en tratar con especial y tierna compasión a los que tienen que soportar cargas más pesadas que otros. 

Los que aman a Dios y creen en Cristo como su Redentor, aunque tengan que hacer frente a las pruebas y a las dificultades que encuentran a su paso, deben aceptar con un espíritu gozoso su vida tal como es, y considerar que Dios ve todas estas cosas desde lo alto, y que por todo lo que el mundo deja de proporcionarles, Dios mismo los resarcirá con sus favores escogidos.
 Mensajes selectos, t. 2, p. 551. RPEGW