sábado, 9 de junio de 2018

II. TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU. 21. CONTÉMPLALO A ÉL.


Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, 
porque yo soy Dios, y no hay más. (Isaías 45: 22). 
Con el propósito de cumplir con las exigencias de la ley, la fe debe aferrarse de la justicia de Cristo aceptándola como nuestra justificación. Gracias a la unión con Jesús, por fe, y mediante la aceptación de su justicia, podemos ser calificados para el servicio de Dios, y coparticipar en la obra del Señor. A fin de darle a la justicia eterna el lugar que le corresponde, usted manifestará que no tiene fe si está dispuesto a dejarse arrastrar por las corrientes pecaminosas, y si no quiere cooperar con las agencias celestiales a fin de refrenar la transgresión en su familia o en la iglesia. La fe obra por amor y purifica al ser entero. Por intermedio de la fe, el Espíritu Santo actúa en el interior del corazón para santificarlo; sin embargo, es imposible que pueda cumplir con su ministerio si el agente humano no está dispuesto a obrar con Cristo. 

Únicamente la obra del Espíritu Santo en el corazón nos preparará para el cielo. Si deseamos tener acceso al Padre, la justicia de Cristo debe ser nuestra credencial. Para que podamos obtenerla y ser partícipes de la naturaleza divina, diariamente necesitamos ser transformados por la influencia del Espíritu Santo, cuya misión es elevar el gusto y santificar el corazón a fin de que todo el ser sea ennoblecido. 

Desde tu interior mira a Jesús. "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1: 29). Nadie está obligado a mirar a Cristo; sin embargo, la voz que invita con gran súplica dice: "Mira y vive". Si contemplamos a Cristo, descubriremos que ese amor no tiene igual, un amor que estuvo dispuesto a tomar el lugar de los pecadores para imputarnos su justicia inmaculada. 

Cuando el transgresor sabe que por causa de la maldición del pecado el Salvador murió por él, al reflexionar en ese acto piadoso, el amor despierta en su corazón. 

El pecador ama a Cristo, porque Cristo lo amó primero. La esencia de la ley es el amor. La persona que se arrepiente sabe que Dios "es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" 
(1 Juan 1: 9). El Espíritu de Dios obra en el corazón del creyente con el fin de capacitarlo para que haga avances de un nivel de obediencia a otro más alto, de una fortaleza a otra más fuerte, y para que ascienda de gracia en gracia en Cristo Jesús. Review and Herald, 1º de noviembre de 1892. EGW RP MHP 

jueves, 7 de junio de 2018

II. TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU. 20. PERMANECER EN ÉL.


Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. (Juan 15: 4). 
Debemos orar para que se nos imparta el divino Espíritu, que es el único remedio para la enfermedad del pecado. Las verdades de la revelación, sencillas y fáciles de entender, son aceptadas por muchos como algo que satisface lo que es básico y esencial para la vida. Pero cuando el Espíritu Santo actúa sobre la mente, despierta el deseo más intenso por toda la verdad incorruptible. El que realmente desea conocerla, no permanecerá en la ignorancia, ya que la preciosa verdad recompensa al que la busca con diligencia. Necesitamos sentir el poder de conversión de la gracia de Dios. Insto a todos los que se distanciaron de su Espíritu a que destraben la puerta de sus corazones, y supliquen con fervor: Habita en mí. 

¿No deberíamos postrarnos ante el trono de la gracia para que el buen Espíritu de Dios sea derramado sobre nosotros, tal como sucedió con los discípulos? Su presencia ablanda corazones endurecidos y los inunda de alegría y regocijo transformándolos en canales de bendición. El Señor desea que cada uno de sus hijos sea rico de esa fe que es fruto de la actuación del Espíritu Santo en la mente. Además de habitar en cada creyente que desea recibirlo, al impenitente habla palabras de advertencia para mostrarle a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También hace que la luz brille en la mente de los que están deseosos de cooperar con Dios, impartiéndoles eficiencia y sabiduría para realizar su obra.

 El Espíritu Santo jamás deja sin asistencia al que contempla a Jesús. Al que lo busca, le muestra las cosas que son de Cristo. Si sus ojos permanecen fijos en Jesús, la obra del Espíritu Santo no cesa hasta que el creyente es conformado a la imagen del Maestro. En virtud de la bendita influencia del Consolador, los propósitos y el espíritu del pecador cambian hasta llegar a ser uno con Dios. Sus afectos por él aumentan, tiene hambre y sed de su justicia, y, al contemplar a Cristo, es transformado de gloria en gloria y de un carácter a otro mejor, hasta ser más y más semejante al Maestro. Signs of the Times, 27 de septiembre de 1899. EGW RP MHP 


miércoles, 6 de junio de 2018

II. TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU 19. CON LA MENTE DE CRISTO.


Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? 
Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. (1 Corintios 2: 16). 
A medida que la verdad convierte al hombre, comienza la transformación del carácter. Como resultado de la obediencia se produce el aumento de la comprensión. La mente y la voluntad de Dios llegan a ser las suyas, y al buscar permanentemente el consejo de la Deidad, el discernimiento crece en forma constante. Bajo la dirección del Espíritu de Dios se produce un desarrollo general de las facultades mentales que son consagradas a él sin reservas. Esta no es una educación unilateral, que desarrolla sólo una parte del carácter. Al contrario, revela los principios del desarrollo armonioso de todo el ser. 

Al superar las debilidades del carácter vacilante, la piedad y la devoción continua establecen tal relación con Jesús, que la persona llega a tener la mente de Cristo. Además, al desarrollar claridad de percepción, y también principios firmes y saludables, el creyente llega a ser uno con Jesús, quien le imparte la sabiduría que procede de Dios, fuente de toda luz y comprensión. La gracia divina se derrama sobre el ser humilde, obediente y concienzudo a semejanza del Sol de Justicia, quien fortalece las facultades mentales de los que se esfuerzan en utilizar los talentos al servicio del Maestro. 

En forma admirable, y aunque parezca sin importancia, la obediencia fortalece y hace crecer en el conocimiento de Jesús, práctica que habilita para llevar muchos frutos en buenas obras para la gloria de Dios. Fue así como los que han sido notables por sus logros, aprendieron las más preciosas lecciones del ejemplo de quienes el mundo considera ignorantes. Sin embargo, éstos podrían haber tenido una visión más profunda si hubiesen obtenido niveles más altos de conocimiento en la enseñanza formal y también en la escuela de Cristo. Cuando se estudia la Palabra de Dios, se produce una notable apertura y fortalecimiento de las facultades mentales. Mediante la asimilación de las Escrituras, y gracias a la intervención del Espíritu Santo, es como la verdad divina entra en el corazón para purificar y refinar todo el ser. 
RH 19/07/1887 EGW RP MHP