lunes, 15 de mayo de 2017

I. LA VENIDA DEL ESPÍRITU: 18. “EL ESPÍRITU ES NUESTRO AYUDADOR”


El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene no lo sabemos, pero él Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles. (Romanos 8: 26). 

El Espíritu Santo formula toda oración sincera. Descubrí que en todas mis intercesiones, interviene por mí y por cada uno de los santos. Su mediación siempre estará fundamentada en la voluntad de Dios, y nunca tendrá el propósito de avalar lo que está en contra de sus designios. "El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad" 
 (Rom. 8:26). 

Siendo Dios, el Espíritu conoce la mente del Altísimo. Por lo tanto, en cada oración, ya sea en favor de los enfermos u otras necesidades, la voluntad de Dios ha de ser respetada. "¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor. 2: 11). 

Si deseamos ser enseñados por Dios, deberemos orar conforme a su voluntad revelada, y estar dispuestos a sometemos a sus designios, porque los desconocemos. Cada súplica debe estar de acuerdo con los deseos de Dios, confiando en su preciosa Palabra, y creyendo que Cristo se dio a sí mismo por sus discípulos. El registro dice: "Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo" (Juan 20: 22). 

Jesús está esperando soplar sobre todos sus discípulos con el propósito de darles la inspiración santificada de su Espíritu y transmitir a sus pueblo su propia influencia vitalizadora. También desea que entendamos la imposibilidad de servir a dos señores. Nuestros intereses no pueden estar divididos. 

 Cristo quiere vivir y actuar por intermedio de las facultades y habilidades de sus agentes humanos. La voluntad debe cooperar con la suya y actuar con su Espíritu, puesto que ya no son ellos los que viven, sino Cristo en los suyos. Jesús desea grabar en sus hijos la idea de que, al darles el Espíritu Santo, les concede la misma gloria que el Padre le había dado, para que él y su pueblo sean uno en Dios. Nuestros deseos y nuestra voluntad deben estar sujetos a la suya, puesto que él es justo, santo y bueno.
Signs of the Times, 3 de octubre de 1892. 29 
 (Recibiréis Poder de E.G. de White) 

jueves, 1 de mayo de 2014

I. LA VENIDA DEL ESPÍRITU: 17. “LLUVIAS DE GRACIA”


Pedid a Jehová lluvia en la estación tardía. Jehová hará relámpagos, y os dará lluvia abundante, y hierba verde en el campo a cada uno. (Zacarías 10: 1).

 En el Oriente, la lluvia temprana cae al tiempo de la siembra. Es necesaria para que la semilla pueda germinar. Por efecto de la fertilizante lluvia, los tiernos brotes se desarrollan. La última precipitación, que ocurre al fin de la temporada, madura el grano y lo prepara para la cosecha. El Señor utilizó este proceso natural con el fin de representar la obra del Espíritu Santo. Como el rocío y la lluvia primero producen la germinación de la semilla y después la maduración del grano para la cosecha, del mismo modo el Espíritu Santo tiene la misión de producir, de una etapa a otra, el crecimiento espiritual. 

La maduración del grano representa la culminación de la obra de la gracia de Dios en el creyente. En virtud de la acción del Espíritu Santo la imagen moral de Dios se perfecciona en el carácter. Hemos de ser totalmente transformados a la semejanza de Cristo. Muchos han errado en gran manera al no recibir la lluvia temprana. No han obtenido todos los beneficios que Dios ha provisto para ellos. Esperan que su falta será suplida por la lluvia tardía. Tienen la intención de abrir el corazón para recibirla cuando sea concedida la generosa abundancia de la gracia. Pero incurren en un terrible error.

 La obra de Dios, que comienza en el corazón al momento de conceder su luz y conocimiento, debe crecer continuamente. Cada persona necesita descubrir su propia carencia. Para que pueda habitar el Espíritu en el corazón, éste debe ser vaciado y purificado de toda contaminación. Sólo mediante la confesión y el abandono del pecado, la oración ferviente y la consagración a Dios, los discípulos pudieron estar preparados para el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Una obra semejante, pero en un grado superlativo, debe hacerse ahora. Luego, lo único que necesita realizar el agente humano es solicitar la bendición, y esperar que el Señor lo perfeccione.

 Es Dios quien comienza y termina la obra que hace al creyente completo en Cristo Jesús. Sin embargo, no debemos ser descuidados con la gracia representada por la lluvia temprana. Únicamente los que viven en armonía con la iluminación obtenida, recibirán más luz. A menos que avancemos diariamente en la ejemplificación de las activas virtudes cristianas, no estaremos en condiciones de reconocer la manifestación del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Alrededor, otros corazones la podrán estar recibiendo, pero nosotros no lo advertiremos ni la recibiremos.- Review and Herald, 2 de marzo de 1897. 

(Recibiréis Poder de E.G. de White)

I. LA VENIDA DEL ESPÍRITU: 16. “DADOR DE UNA VIDA NUEVA”


Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (San Juan 3: 5). 

Necesitamos "nacer de nuevo" para poder servir al Señor aceptablemente. Debe ser abandonada nuestra inclinación natural, que está en abierta oposición al Espíritu de Dios. Necesitamos llegar a ser hombres y mujeres hechos nuevos en Cristo Jesús. Nuestra vida antigua, que no ha sido renovada, tiene que dar lugar a una nueva: vida llena de amor, de confianza, y de una obediencia espontánea. ¿Piensa acaso que semejante cambio no es necesario para entrar al reino de Dios? Escuche lo que dice la Majestad de los cielos: "Os es necesario nacer de nuevo" (Juan 3: 7). "si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mat. 18: 3). 

A menos que se produzca un cambio, no podremos servir a Dios como corresponde. Nuestra obra será defectuosa; los planes incorporarán ideas mundanas, y el fuego ofrecido deshonrará a Dios. La vida se tomará impía e infeliz, inquieta y llena de dificultades. Los cambios que produce la nueva vida se realizan únicamente por la acción eficaz del Espíritu Santo. Solamente él puede limpiarnos de la impureza. Si aceptamos que modele y forme el corazón, llegaremos a ser aptos para discernir el carácter del reino de Dios y para realizar los cambios que necesitan producirse, a fin de que tengamos acceso a sus dominios. 

El orgullo y el amor propio resisten al Espíritu de Dios. Cada inclinación natural se opone a que la autosuficiencia y el orgullo sean sustituidos por la humildad y la mansedumbre de Cristo. Pero, si deseamos andar en el camino que conduce a la vida eterna, no debemos prestar oídos a los susurros del egoísmo. Con humildad y contrición tenemos que implorar a nuestro Padre Celestial: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mi" (Sal. 51: 10). En la medida en que recibamos la luz divina y estemos dispuestos a cooperar con las inteligencias celestiales, gracias al poder de Cristo naceremos otra vez, liberados de la contaminación del pecado. 

Cristo vino al mundo porque el hombre perdió la imagen y la naturaleza de Dios. Lo vio extraviado de la senda de la paz, la pureza; si intentaba volver por sí mismo, nunca encontraría el camino de regreso. Vino con un plan de salvación adecuado y completo que incluye el cambio del corazón de piedra por uno de carne. Vino también para transformar la naturaleza pecaminosa a su semejanza, a fin de que pudiéramos ser participantes de la naturaleza divina y adaptados para las cortes celestiales.-The Youth's Instructor, 9 de setiembre de 1897.

(Recibiréis Poder de E.G. de White)